Se cayó el hilo rojo de mi muñeca izquierda

Mi abuela Roberta intentó huir una vez, pero no pudo. Fue un día en el que no se sabía nada de Efrén, nadie lo había visto. Mi abuela, quien por entonces debió tener ese cabello largo y castaño amarrado en una trenza, contrató una mudanza, tomó todas sus cosas, a todos sus hijos, a sus dos hijas y las subió al camión rumbo a la ciudad de méxico, estaba huyendo desde Sola de Vega en Oaxaca. Estaba huyendo de los golpes, de las humillaciones, de ese marido borracho que no paraba de lastimarla, de precarizarla, de arrebatarle todo. Huyó. Cuando llegó al D.F., cuando empezó a descargar sus cosas, se dio cuenta de que Efrén venía escondido en el camión y se puso a llorar con esos lagrimones que tanto caracterizaron sus momentos de soledad; se puso a llorar tanto porque sabía lo que eso implicaba, sabía que el infierno se había mudado con ella. Mi abuela, esa mujer-inquebrantable que yo solía mirar, no pudo escapar. Algunos años después Efrén se perdió entre las calles de esta ciudad que devora, borracho, murió solo en un hospital y lo enterraron en una fosa común, porque nadie, ni Roberta, ni Estela, mi madre, ni alguno de sus hijos quiso ir a reconocer un cadáver extraño, porque de un padre nunca supieron nada.

     Cuando mi abuela se desmayó en la cocina de su casa, cuando supe que tenía algo llamado cáncer y que eso sólo significaba una cosa: a mis ocho años iba a enfrentar la muerte de aquella mujer que me enseñó a plantar hierbas y a cuidarlas para evitar que murieran devoradas por la plaga, yo no entendía muy bien, no entendía por qué la abuela tenía ese moretón, ese  tumor enorme que quería romperle la piel de la espalda, no pensé que la última vez que me sonrió desde su cama sería la última vez que la vería en la vida. Porque no me dejaron ir a su funeral o no sé, no me acuerdo. Pero crecí pensando que mi abuela había muerto de golpes, que algo de ese cáncer de mama lo habían causado las palizas que tuvo que soportar. Pensé que había muerto de dolor, de aguantarse, tragarse, masticar, atragantarse con un dolor que no me atrevo a describir. La imagino mirarse en el espejo el tumor y cubrirlo con su vestido para que nadie se diera cuenta. La imagino ahí, sin poder parar de trabajar, de cuidar, de cuidarnos, de limpiar, de atender, de dar y dar y dar y dar sin poder detenerse a sentir su dolor, a escuchar su dolor, a sanar su dolor. Roberta quien me habló de las plantas medicinales y  me dijo que era importante amarrarles un hilito rojo para ayudarlas a sostenerse, para ayudarlas a resistir el sol, la lluvia, el viento, para ayudarlas a dejarse querer y nutrir por la tierra, había olvidado amarrarse un hilito rojo en la muñeca o no pudo. Así que a los ocho años la perdí.

     Mi genealogía también está marcada por la huida o intento de huida de mi abuela Roberta, así fue como llegó a esta ciudad, así fue como mi madre dejó Oaxaca e hizo su vida acá, así fue como nací en este lugar gris. Así fue como pensé en la huida.

     He huido dos veces en mi vida, la primera hace algunos años y la segunda hace dos meses. La primera vez que huí fue de un departamento chiquitito en Acoxpa. Recuerdo que era de mañana, recuerdo que él salió de la habitación rumbo a la universidad, fue cuando aproveché para llamar a una amiga, ella vino con el auto y yo metí todas mis cosas en bolsas negras, las metimos en la cajuela y nos fuimos lejos, rumbo a casa de mi madre, un par de días después volé hacia Buenos Aires, a lo que yo llamo mi primer exilio, esa ciudad me salvó la vida, ahí crecí, sané, cambié. Yo había logrado huir de esa jaula violenta en la que llevaba semanas o quizá meses llorando, atragantándome con mi propio llanto, sola, aislada, como prisionera de esa trampa amoroso-política. Un tipo militante que sólo hablaba de la revolución, que estableció marcos normativos para mis sentimientos, pensamientos, incluso para mi ropa. En fin, otra de esas historias.

     Ahora que lo pienso quizá he huido tres veces, pero una no la tengo bien elaborada todavía, sé que escapé de una casa cerca de Nacualpan donde me habían encerrado toda la noche con una amenaza de violación. Peleé, resistí y escapé como pude por la mañana.

     Bueno la tercera vez que huí fue como un golpe o como una golpiza que me dejó en el suelo durante días enteros, me costó entender que lo que el cuerpo sentía era dolor, pensé en Roberta. Me sentía amoratada, despojada y precarizada. La tercera vez que huí fue peor porque no me lo esperaba, porque el cuerpo no estaba preparado. Cuando huí de Acoxpa hice algo que en 12 meses no me atreví, era como el resultado natural de un proceso maldito de despojo de mi autoestima, de mi cuerpo, de mis afectos, de mi palabra y de mi voz. La segunda vez estaba huyendo de un a todas luces agresor y violador en potencia. Pero esta vez huir no tenía lógica, era un resultado no previsto, si un par de semanas atrás me hubieran dicho: “vas a terminar huyendo de ese lugar” yo me hubiera reído fuerte. No porque tuviera alguna ilusión amorosa, sino porque no veía al enemigo, no me imaginaba huyendo de un compañero con quien hablé de política hasta cansarme, con quien bailé, con quien me sentía segura, a salvo, libre.

     Huí de un sur hostil a los 16 días de haber llegado. Después de la noche más tóxica, triste y romántica que he atravesado en la que sin entender mucho me sentí usada y abandonada. Pero esta vez no esperé doce meses para irme, sólo bastó una noche de algo así, una noche de recuerdos de violencias pasadas para saber que tenía que irme de ahí.

     Los dieciséis días que pasé en ese lugar fueron la síntesis de un fracaso histórico. Lo siento. Lo sé. No era sólo un fracaso de nosotrxs, no era sólo la derrota de un proyecto que estuvimos dibujando en aire durante casi dos meses, no fue sólo el fin de esas noches largas en las que proyectamos futuros posibles y planes para salir de todos los cautiverios; eran noches bastante ingenuas, ahora lo sé. Las formas de relacionarnos distinto siguen fracasando, siguen y seguimos pisando todas las trampas que llevan hacia la toxicidad y la violencia. Nosotras seguimos entrando en desventaja a las relaciones sexo-afectivas, seguimos en posiciones vulnerables, nos siguen  precarizando, seguimos haciendo trabajo de cuidado invisibilizado, nos siguen disciplinando.

     Yo me fui, me fui por las dos, por Roberta y por mí.

El último día que estuve ahí le amarré un hilito rojo a cada planta, como mi abuela me enseñó; “resiste, resiste, vive”, le dije a cada una, el hilo evita que la plaga las invada y las ayuda a crecer, después me amarré un hilo rojo en la muñeca izquierda y me fui con mis cuatro maletas y mi gatita. Hace unos días se me cayó el hilo, no lo noté hasta que una amiga perdió su piedra de protección y yo casi por instinto me volteé a ver la muñeca y el hilo no estaba; supongo que ocurrió hace unos cuatro o cinco días, quién sabe. Recuerdo que mi amiga lloraba la pérdida de la piedra, yo no sentía tristeza, Roberta decía que cuando el hilo se cae es porque vencimos a la plaga, es decir, la plaga ya no va a invadirme: sobreviví.

     Unas horas después fuimos a la casa de unas brujas rebeldes, mi amiga le preguntó a Claudia qué significaba la pérdida de su piedra: “tanto la piedra como el hilito cumplieron con su tarea encomendada, proteger; era el cierre de un ciclo. No sufran esas pérdidas, al contrario, agradézcanlas, la piedra y el hilo hicieron lo que tenían que hacer por ustedes: cuidarlas, ayudarles a crecer y resistir”. Lo sé, lo sé porque varias veces miré florecer plantas un día después de amarrarles el hilito rojo, porque varias veces vi cómo los huertos de mi abuela se llenaron de colores y olor a calma. Para mí la caída del hilito rojo significaba que el proceso había concluido: florecí y no lo hice sola, lo hice gracias al cuidado y contención de una red de mujeres que luchan. Estoy profundamente conmovida, reconozco los límites del lenguaje para poder expresar todo lo que me provoca en el cuerpo cada acción que han hecho por mí, desde el día uno de mi vuelta no he dejado de admirar la enorme red que hemos construido, sus brazos dentro y fuera de este país-muerte. El otro día, por ejemplo, Sara me dio una tintura de toronjil que hizo para mí, para seguirme cuidando de la ansiedad, yo no supe bien qué decir, aún no puedo procesarlo, alguien pasó un mes cuidando una tintura hasta que estuviera lista para dármela, eso habla de un cuidado afectivo que las compañeras despliegan y que varios “compas” siguen sin entender, sin ser capaces de ver, mucho menos de hacer. Ale me dio una perla de La Novia Sirena para resignificar la memoria sobre el dolor que atraviesa nuestros cuerpos históricamente castigados. Noelia me ha acompañado tanto, tanto, que ya no me imagino mis días sin ella. Diana, Andre, Andrea, Ana, Aline, Bricia, Abi, Paty, Javi y más y más y más compas que me han dado abrazos, mensajes, espacios, tiempo, amor, cuidado. He sido como una plantita con su hilito rojo que un montón de compañeras cuidaron, regaron y alimentaron. Las mismas compañeras que estuvieron ahí cuando dije “me voy” y que estuvieron ahí cuando dije “vuelvo”. Me pusieron tierra fértil, me ayudaron a dejar pasar al sol, a resistir la lluvia y el viento, me ayudaron a fortalecer y cantaron, gritaron, lloraron, bailaron, se rieron alrededor de mí y conmigo esperando verme florecer, y acá estoy, se cayó el hilito rojo porque se cumplió un ciclo, porque ya no lo necesito, porque la plaga no me va a invadir, porque estamos juntas.

     Sé que si Roberta hubiera tenido una red como la mía la plaga no la hubiera vencido, sé que no habría olvidado ponerse su hilito rojo en la muñeca, sé que habría logrado huir y florecer de nuevo, sé que no se hubiera aguantado el dolor, sé que yo la hubiera ayudado a crecer, a resistir. Roberta no pudo pero me dio las claves para sobrevivir, mi abuela me enseñó a cuidar y a cuidarme, me enseñó a sembrar vida y a defenderla, me enseñó a no dejarme ni dejar morir y sé que si florecí fue también gracias a ella. Se cayó el hilito rojo de mi muñeca izquierda: gracias a todas.

 

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Un comentario en “Se cayó el hilo rojo de mi muñeca izquierda

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